Todo, ¡TODO!, está al revés. Llega al punto de la locura total, del exterminio de la lógica.
Los habitantes del país al revés se levantan de sus camas con gran dificultad, unos intentan vestrise, otros corren en en pijamas hacia la calle. Algunos atinan a encender el celular; otros, miran el reloj, que se agita tanto como ellos mismos y logran ver que son las 4:40 de la madrugada del lunes. Suelo, cama, closet, cuadros, adornos, ventanas, paredes, techo, lámparas y demás se bambolean y forman una especie de orquesta de ruidos, que unido al ronco rugir de la tierra provoca calosfríos, muchísimo más para quienes aún están en plena oscuridad de su habitación. Es demasiado largo, los experimentados suponen que tanto como el de 1967 y temen lo peor pero, por tener experiencia, precisamente, se mantienen calmados y actúan en consecuencia.
El movimiento cesa; quienes se han quedado dentro de casa, encienden el televisor y la radio -¡Si!, ambos aparatos- ansiosos de saber. Nada, nada; nadie dice nada; el control del televisor pasea apurado de arriba a abajo y viceversa; unos diez o veinte minutos después del susto, desde el canal informativo 24 horas alguien intenta repetidamente, en vano, comunicarse con el instituto encargado de esos asuntos. Al fin, una voz tranquiliza a los ciudadanos que le escuchan, notificando la magnitud y el epicentro del sismo; recomienda varias veces mantenerse en calma; se trata del directivo del canal, y esos minutos tranquilizadores bastaron para que lo acusaran de varios gravísimos delitos: algo así como provocar pánico (como si el temblor de 5.4 que despertó a la gente, la sacudía y no le permitía mantener el equilibrio no les hubiera asustado) y qué se yo qué más... lo que sea, lo que se haya ocurrido a los mandoneros, porque para romper la lógica no hay quien los iguale.
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